miércoles, 22 de junio de 2011

La historia que nos guarda << Miguel Oswaldo Perozo Rivero (*) >>


Cuando esta nota llegue a nuestros amables lectores, la ciudad de Ureña -y todas las que nacieron bajo la advocación del Apóstol y Mártir de la Cristiandad, San Juan Bautista, habrán conmemorado, o estarán por conmemorar, el gentilicio que se abriga en la esperanza con la fe religiosa de nuestras mujeres y hombres de bien. Pero además, como lo sabemos, cada 24 de junio, después de 1821, tiene para los venezolanos -y aun para todos los americanos del Sur-, una doble connotación de gran trascendencia histórica, cuya exaltación en la memoria de los pueblos es deber cívico ineludible, así de los gobernantes, como el resto de ciudadanos que integran el cuerpo nacional.

En efecto, fue en aquella fecha memorable, tras la jornada épica de la Batalla de Carabobo, cuando la diana victoriosa de la Patria nueva le anunciaba al mundo, que más de la mitad del Continente sojuzgado había hecho trizas el último eslabón de esclavitud. Nacían así, o consolidaban su soberanía y su independencia, las jóvenes repúblicas de Nuestramérica y con ellas, el Glorioso Ejército venezolano, portador honroso de la Enseña que identifica los Estados soberanos, ajenos a la dominación que degrade nuestro bien arraigado sentimiento de independencia y libertad. La Batalla de Carabobo es, pues, el génesis del Ejército Nacional, cuyo día conmemoramos también en esta fecha de resonancia histórica tan significativa.

Es oportuno para recordar que cuando estuvo dramáticamente en juego el destino de la independencia nuestra americana, y en uno de los peores momentos del Libertador, Haití -tristemente sacudido hoy por la pena de una tragedia que ya parece olvidada de la tele y los foros noticiosos- en la persona de su presidente Alejandro Petión, tendió su mano generosa al Padre de estas Patrias, con el aporte de más 6.000 fusiles, bayonetas y plomo; una imprenta, unas cuantas goletas, víveres, una fuerte suma de dinero, y hombres que se sumaron a nuestro ejército, menguado entonces, incipiente y maltrecho. Por cierto, un detalle curioso: la historia de aquella época no registra un sólo comentario que acusara al presidente Petión de manirroto, y hasta donde es posible saber, ningún haitiano se dolió de su Presidente por aquel acto de solidaridad con el venezolano, seguramente porque para aquel pueblo afro descendiente, la bondad y la justicia tienen connotaciones más humanas, trascendentes y justas, ajenas a la inhumana mezquindad del egoísmo.

Recordamos estas cosas porque ellas son valores que están más allá de las pequeñeces que caracterizan la diatriba política de hoy, sin contenidos éticos, sin fuerza moral y sin grandeza, y porque por encima de todo, constituyen también parte importante de un aprendizaje y una enseñanza secular, que ha modelado nuestra idiosincrasia de pueblo generoso y solidario; lección digna de recordar cuantas veces el civismo nos reúna alrededor de los grandes acontecimientos patrios, donde, como en el caso de Ureña, se conjugan en la memoria y los afectos, el magnífico hacer de nuestros próceres y el religioso fervor de nuestros pueblos.

Saludamos así los municipios de nuestra región que tienen por Pastor de sus caminos el Santo Barón, Precursor del Nazareno, y cómo él, Mártir de una época ignominiosa que persiste en el corazón de tantos y tan poderosos Herodes de Atipas, guerreros y verdugos que, como al Bautista, nos decapitan en multitudes inermes, utilizando ahora misiles y metralla.

Y esta seguirá siendo parte de la historia que nos guarda.

(*) Cronista de la ciudad de Ureña.

miosperi@ hotmail.com

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